Soy pequeña y fría. Solitaria.
Cuando yo vivo los demás duermen, sueñan.
Sin nadie que me mire, sin nadie que me valore.
Así pasaron 17 años de mi vida.
Desapercibida en la glacial oscuridad.
Perdida, rumbo hacia el sin sentido.
Respiraba y era tan real como todo lo demás,
pero nadie se daba cuenta.
Desconocía la razón de mi existencia.
Quizá era eso. No encajaba.
Era la pieza defectuosa. Ajena e intrusa.
Y de pronto lo sentí.
Era asombrosamente cálido.
Vino a salvarme de mi misma en el último momento.
A darme su mano y sostenerme en este mundo al menos un poco más.
Lo sentía en mi rostro y en todo mi cuerpo.
No imaginaba que algo tan simple pudiera ser tan agradable.
El simple hecho de mirarlo, de percibirlo.
Un resplandor infinito.
Él era hermoso.
No era su luz lo que me cegaba, era su belleza, su sonrisa dedicada.
Era la primera vez que alguien reparaba en mí de aquella forma.
¿Qué podía ver en mí algo tan radiante?
No hay una explicación racional y tampoco me esforzaré en encontrarla.
Los sentimientos no se explican, se experimentan, se padecen.
Algunos lo llaman Sol.
Yo no sabría como llamarlo.
Me devolvió cosas que nunca había tenido.
No sabe que le regalé mi corazón antes de haberlo pedido.
Solo basto un instante, nada más.
Y entonces no pudimos contener el ardiente deseo de fundirnos y eclipsarnos...
para siempre.
Dicen que el amor es lo más hermoso que existe. Y lo es, después de él.
Despertó de mis pesadillas para alumbrarme.
Me hace feliz y vulnerable.
No soy nada si no está a mi lado.
No tengo importancia ni valor.
Sin él yo no brillaría.