Aquella mañana abrí los ojos.
La plateada luz se colaba por mi ventana.
No había Sol, solo una brillante y densa niebla.
El ambiente era gélido e insoportable,
tanto que cada espiración luchaba por mantenerse dentro de mí,
muriendo fuera sin remedio.
No me sentía cansada ni llena de energía.
No sabía que debía hacer, ni recordaba cómo pensar.
Me miraba a mí misma, observando mi cuerpo aparentemente consistente.
Pero estaba hecha de humo, como una cárcel sin barrotes, totalmente inutil e ineficaz.
Mis sueños, mis deseos y mis pasiones se esfumaban ante mí,
sin ser capaz de mover ni un dedo para aprisionarlos de nuevo.
Condenada a perderlo todo.
Mis ideas y mis recuerdos, mis pensamientos, mi alma...
Convirtiéndome en nada, en lo inmóvil e inerte.
La muñeca vacía, la muñeca de frágil porcelana.




